Reunimos las historias de personas que decidieron hacerse visibles, no solo frente al Estado, sino frente al mundo. Cada relato retrata la vida más allá del trámite: el arte de habitar el propio cuerpo, las luchas íntimas y la cotidianidad de existir fuera del binario.
Son rostros, voces y caminos distintos, pero todos comparten un mismo gesto: el de afirmarse como lo que son en un país que aún no sabe cómo nombrarles.
Indra Ferrari: hacer las paces con aprender a nombrarse
Ilustradora
Indra Kalei Ferrari vive el arte como una extensión de su propia búsqueda. Cada trazo parece una forma de preguntarse, de encontrar sentido en lo incierto. En sus ilustraciones se percibe una atracción por lo mágico y lo simbólico: figuras que evocan el tarot, la astrología, los sueños y los ciclos naturales. Hay una mística que atraviesa su obra —una mezcla de sombras y destellos— que dialoga con su propia historia.
Su estética, cercana a lo gótico y lo esotérico, habita un punto intermedio entre lo espiritual y lo terrenal. No hay rigidez en sus formas, sino un gesto de apertura constante, como si cada dibujo fuera también una pregunta sobre quién es y quién podría llegar a ser. En esa conjunción de arte e identidad, Indra ha encontrado un lenguaje para decir lo que antes no podía nombrar: un deseo persistente de comprenderse más allá de los límites que el mundo intenta imponer.
Desde pequeña, Indra sintió que las categorías que la rodeaban no le calzaban del todo. En el colegio, no lograba sentirse parte ni de los grupos de niñas ni de los de niños; en ambos espacios había una sensación de extrañeza que no podía explicar. Recuerda esa etapa como un tiempo de aislamiento y confusión. “Era rara”, le decían, y ese adjetivo se le pegó como una sombra. En la enseñanza básica sufrió bullying y rechazo; el aula se volvió un lugar donde aprendió más sobre exclusión que sobre convivencia.
Creció entre cambios de colegio y mudanzas que no ayudaban a construir raíces. En uno de esos colegios, el rechazo fue más duro: burlas, aislamiento, silencio. Mientras las demás hablaban de moda o de ídolos pop, Indra se sentía fascinada por otros mundos: los videojuegos, el anime, la estética de lo fantástico.

Aun así, su imaginación nunca dejó de moverse. Encontró refugio en la pantalla del televisor, en las tardes de Cartoon Network junto a su papá, rockero empedernido que le enseñó a escuchar a los Red Hot Chili Peppers y pasaba tardes enteras viendo Samurai Jack o Interstella 5555 —la película animada de Daft Punk que su tío le mostró cuando tenía 8 años—. Quedó hipnotizada con esos personajes de colores eléctricos que vivían sin necesidad de palabras, solo de música y movimiento. Allí comenzó a descubrir que la identidad podía ser mutable, que nadie era solo una cosa.
Su cuerpo tampoco se ajustaba a las expectativas de “feminidad”: más vello del que decían que debía tener, acné, una contextura que la hacía sentirse observada y durante la adolescencia intentó encajar. Se volvió hiperfemenina, como si esa feminidad aprendida pudiera funcionar como una contraseña para pertenecer. Se maquillaba, vestía de cierta forma y respondía a las expectativas ajenas, pero ese papel pronto se volvió una jaula: un disfraz impuesto por el miedo a la soledad. Aquella versión de sí misma no la hacía sentir mejor, solo más lejana.
La entrada a la universidad fue un punto de quiebre y antes de llegar a Arte, Indra pasó por otros caminos. Primero estudió Gastronomía, un espacio donde su identidad apenas asomaba, aún cubierta por la confusión y la timidez. “Estaba muy pollita”, recuerda riendo sobre esa etapa. Pronto se dio cuenta de que no era lo suyo e intentó ingresar a Ilustración en el Arcos, pero falló y llegó a la Escuela de Arte, casi por accidente, sin saber que ese “error” se convertiría en una de las decisiones más transformadoras de su vida.
En 2019 descubrió lo que ella llama “otro mundo”: compañeres diversos, mujeres rapadas, hombres femeninos, personas trans y no binarias. Por primera vez, sintió que no tenía que justificar su existencia. En un curso sobre género, una profesora habló sobre pronombres y nombres elegidos. Ese día algo se abrió y la misma semana, entre risas, en los bandejones de República, con sus compañeres, eligió el nombre “Indra”. Más tarde sumó “Kalei”, que para ella sonaba a equilibrio y a luz. Nombrarse fue su primera forma de libertad.
El arte se convirtió también en su refugio y en su forma de resistencia. Entre talleres, proyectos y conversaciones nocturnas, Indra comenzó a transformar su experiencia personal en lenguaje visual. Sus dibujos se poblaron de cuerpos híbridos, seres flotantes, símbolos esotéricos y rostros que desafiaban el género. Cada trazo era una afirmación: estaba dejando atrás la necesidad de encajar para empezar a habitarse desde la verdad.
Ilustración hecha por Indra Ferrari.
Ilustración hecha por Indra Ferrari.
Ilustración hecha por Indra Ferrari.
Un año después comenzó un proceso que cambiaría no solo su vida, sino también la historia legal del país. En octubre de 2021 escribió a la Clínica Jurídica de la Universidad de Chile para iniciar el trámite de reconocimiento de género no binario. Lo hizo sin saber si sería posible, sin modelos previos. En entrevista, recuerda que se preparó para lo peor: podía encontrar un juez prejuicioso, o una negativa rotunda. Pero la suerte —o quizás el destino— jugó a su favor. Su caso llegó a la magistrada Zúñiga, quien no solo comprendía el tema, sino que tenía una hija investigando identidades no binarias en el extranjero. Esa coincidencia lo cambió todo. “Nos aceptaron al tiro”, dice, todavía con cierta incredulidad.
El proceso, sin embargo, no estuvo exento de obstáculos. La burocracia se volvió laberinto: cambios de estudiantes en la clínica, documentos que iban y venían, demoras inexplicables en el Registro Civil. Su carnet, que debía estar listo en noviembre de 2022, tardó más de un mes extra en llegar. Entre reclamos y correos, la espera se volvió una prueba de paciencia, pero cuando al fin tuvo el documento en sus manos —la letra “X” impresa donde antes había una categoría que no la contenía—, sintió algo parecido a la paz. No euforia, sino una serenidad profunda: la de verse reflejada en la realidad oficial, después de tanto tiempo mirarse desde los bordes.
Aun con esa victoria, el reconocimiento legal no ha sido un cierre. Las instituciones siguen tropezando con la “X”: sistemas que no la aceptan, formularios que la eliminan, clínicas donde debe explicar una y otra vez quién es. En algunos lugares la llaman por su nombre antiguo; en otros, el cambio aún no se actualiza. Esa lentitud institucional la frustra, pero no la sorprende y, aun así, confía en que las cosas cambian y que las nuevas generaciones, más abiertas y curiosas, empujarán los límites de lo posible.
“El sistema todavía no sabe qué hacer con nosotres”.

Su arte es su manera de resistir y sanar. Cada ilustración lleva algo de su historia: el cuerpo que no encajaba, la soledad, la ternura aprendida. Hay mujeres, seres andróginos, presencias flotantes, referencias al tarot y a lo espiritual. Indra crea universos donde las fronteras se disuelven, donde la piel es solo un contorno poroso y sus obras no gritan; susurran.
En lo íntimo, dice haber hecho las paces con parte de su feminidad, esa que antes le resultaba ajena; ya no la rechaza ni la teme. La habita desde otro lugar, sin obligación, como quien recupera un fragmento perdido. Su tránsito no ha sido lineal, sino una espiral: un volver constante a sí misma con más ternura y menos culpa.
Mira hacia atrás y ya no se reconoce en la niña confundida o en la adolescente que buscaba encajar. Hoy, esa misma historia se vuelve raíz. Sabe que su reconocimiento legal fue más que una victoria personal: fue un acto colectivo, una apertura en el lenguaje y en la ley. Cada firma, cada espera, cada documento fue una forma de decir “existimos”.
Indra Kalei Ferrari camina hoy con una calma distinta y vive en un mundo que todavía no la entiende del todo, pero que ya no puede ignorarla. En su voz hay dulzura y convicción; en su mirada, la certeza de quien aprendió que existir también es una forma de arte. Para ella, la identidad no es un punto fijo, sino una expansión constante y en ese movimiento —entre el arte, el cuerpo y el nombre— ha encontrado la forma más pura de libertad.
