Reunimos las historias de personas que decidieron hacerse visibles, no solo frente al Estado, sino frente al mundo. Cada relato retrata la vida más allá del trámite: el arte de habitar el propio cuerpo, las luchas íntimas y la cotidianidad de existir fuera del binario.
Son rostros, voces y caminos distintos, pero todos comparten un mismo gesto: el de afirmarse como lo que son en un país que aún no sabe cómo nombrarles.
Sappho Alexa: entre afectos y espejos
Politólogo, artista musical y modelo
Hay quienes escogen no utilizar tanto maquillaje, ni aretes, ni prendas demasiado ostentosas porque les “pesan”. Por el contrario, Sappho se siente más en liviandad cuando logra expresar su identidad a través de su apariencia física. Su estética es transgresora: melena azulada, en rizos que caen con natural rebeldía y enmarcan su rostro con fuerza y delicadeza a la vez. Su maquillaje dibuja un rostro de dramatismo y elegancia con los labios en un tono terroso, mientras que la ausencia de sus cejas y sus párpados delineados en sombras oscuras intentan despistar de la calidez en su mirada.
Los muebles que rodean a Sappho cargan adornos como juguetes, figuras de videojuegos, revistas de moda, velas, diversas plantas, discos y pequeños globos en forma de estrella ornamentan una de las paredes. Tan acogedor lugar guarda una vida de cuestionamiento constante y desafíos, pero también de aspiraciones artísticas y los testimonios más grandes de cariño, porque Sappho reconoce que existir fuera del binario hubiera sido mucho más difícil si no contara con el apoyo de su familia y amistades más cercanas.
Con un poco de tristeza, es consciente de que, a diferencia de otras realidades no binarias, tiene una vida poco común en que “quienes le rodean, le entienden”. Pero todo ha tomado su tiempo, definirse a si mismo requirió de mucha introspección y valor. Valentía para, a sus 25 años, transmitirle a sus más cercanos que ya no le traten de “ella”; valentía para agradecerle a su madre el nombre que le dio al nacer, pero que ya no voltearía cuando le llamaran así. Valentía para ser, vivir y amar cómo siempre se preguntó que debía ser.

Desde pequeño, Sappho aprendió a reprimir lo que se saliera del molde. Le habían inculcado con fuerza la idea de ser “niñita”, y todo aquello que no calzaba con ese mandato lo guardaba en silencio. Cargaba con la culpa de sentir que lo distinto era una falla, casi una enfermedad, como si hubiera un problema en su propia existencia.
Sus padres, pertenecientes a una generación marcada por límites más rígidos, podían aceptar con relativa facilidad la orientación sexual —entendida en clave de “lesbiana” u “homosexual”—, pero enfrentaban dificultades al comprender la identidad de género. Distinguir entre orientación e identidad era, para ellos, un terreno difuso que chocaba con sus marcos culturales.
Al inicio, cada anuncio o decisión que compartía venía acompañado de la duda inevitable: ¿y si más adelante se arrepentía? Esa era, según recuerda, la primera pregunta que surgía en su familia. Sin embargo, la convicción con la que hablaba terminaba despejando las incertidumbres: si estaba tan seguro, era porque así debía ser. Esa claridad, aunque lenta, siempre fue reconocida por los suyos.
Uno de los puntos más complejos llegó con el nombre porque no era solo un registro legal: era un homenaje cargado de afectos. Para su madre y abuela, el peso simbólico de ese nombre hacía más difícil la transición. Quitar esa carga no significaba, como Sappho insistía, transformarse en alguien distinto, sino pedir ser tratado de una manera coherente con quien realmente era. Esa negociación emocional, atravesada por el amor y la resistencia, fue de los capítulos más duros en su camino de afirmación personal.

Asumir su identidad no binaria le permitió a Sappho mirar el mundo con una mezcla de exigencia y paciencia. Sabía que no vivía en una realidad ideal, donde cada persona lo trataría como esperaba y aprendió a elegir sus batallas. En espacios académicos o laborales, corrige sus pronombres y hace énfasis en pronunciar bien su nombre. En cambio, con quienes apenas se enfrentan por primera vez al tema, prefiere no desgastarse. No era indulgencia, sino un ejercicio deestrategia y autocuidado.
Su expresión también influye en confusiones. El maquillaje, la feminidad performática y la estética que lo acompaña en la vida cotidiana pueden ser leídos desde códigos tradicionales que lo encasillan como mujer. Sappho lo entiende, pero se niega a reducirse a esos moldes. Por eso elige los pronombres masculinos: no como una declaración de masculinidad en sí, sino como un gesto que desarma las expectativas de género impuestas sobre su cuerpo y su expresión.
Aunque siempre admiró profundamente a las mujeres y deseó pertenecer a ese grupo, en la práctica nunca se sintió parte. Había sido excluido desde temprano, incapaz de ajustarse a ciertos comportamientos, códigos o anhelos que parecían dictar la pertenencia. Fue en esa fisura donde comenzó a germinar su cuestionamiento.
Fue entonces cuando comprendió que también era parte de un movimiento; de pronto, se encontró rodeado de personas trans y no binarias, y la sensación de comodidad fue inmediata. Ahí, entre afectos y espejos, entendió que ese era su lugar.

Con el tiempo, hubo un punto en que la carga del nombre se volvió insoportable. Para Sappho, no se trataba solo de un asunto administrativo: era una urgencia psicológica. Estaba terminando la universidad, cerrando una relación amorosa y enfrentando otros factores de estrés que lo mantenían en una constante sensación de estancamiento.
El cambio de nombre se transformó en una necesidad e investigando se enteró que existía una vía para conseguir la cédula de identidad no binaria. Sabía que obtener el carnet con marcador “X” podía traer inconvenientes, pero pensó con optimismo que pronto esa opción se volvería legal y reconocida. Lo que más le urgía era poner en orden su nombre legal y con aquella posibilidad frente a sus ojos, como persona no binaria, quería que su carnet también reflejara su verdad.
En ese camino, conoció a la profesora Lorena Lorca, quién lo guió en el proceso y en julio de 2023, Sappho inició formalmente el trámite para cambiar su nombre y obtener una cédula “X”. Sin embargo, el Tribunal aprobó el cambio de nombre, pero no el de sexo registral.
La sentencia dictada por el 11º Juzgado Civil de Santiago argumentó lo siguiente:
“Resulta inadmisible acceder a lo peticionado, dado que lejos de beneficiar a la solicitante, se la dejaría en una situación de indefensión, de incerteza jurídica y lo que es más grave, de discriminación arbitraria, al dejar al operador jurídico intérprete de la norma, la aplicación de la regla que estime conveniente a favor o en contra de la solicitante”.
Frente a esto, decidió no continuar con el proceso de apelación. No quería esperar indefinidamente en un limbo legal que retrasara su vida adulta que recién comenzaba a estabilizarse: contratos laborales, emitir boletas, arrendar un departamento, etc.
Esta experiencia legal y burocrática lo llevó a mirar su identidad con una nueva claridad. Más allá de los trámites y los fallos judiciales, Sappho comprendió que su existencia no depende de ese documento, sino de la forma en que elige habitar el mundo, de los afectos que lo rodean y del arte que crea como extensión de sí mismo.

El maquillaje, la moda y la performance no son un disfraz ni un adorno superficial. Para él, son herramientas de expresión y con ellas construye una presencia pública que lo protege y lo afirma; una manera de decir “aquí estoy” sin necesidad de explicaciones.
Para él, se trata de estar en una disposición emocional y corporal que le permite expresarse con libertad y vincularse con su entorno. Además, sostiene que de ninguna forma se trata de atraer miradas masculinas o de prácticas que le causen dolor; son, más bien, una celebración estética de sí mismo.
Su rostro maquillado, sus looks experimentales y su presencia en redes sociales funcionan como piezas de una misma obra en constante transformación. Ese universo también dialoga con su faceta artística: el modelaje para la marca Mandragorous —especializada en accesorios de PVC, cuero y joyería conceptual— y sus incursiones musicales, inspiradas en artistas como Kim Petras, una de sus grandes referentes.
En ese contexto, Sappho siente el impulso constante de crear nuevos estilos, imágenes, formas de decir que existe.




No necesita del maquillaje o de una ropa específica para ser, pero sabe que a través de ellos puede habitar los espacios con más seguridad, visibilidad y placer. En esa práctica diaria, encuentra no solo identidad, sino también comunidad.
Sappho aprendió a mirarse con ternura, a entender que la autenticidad no necesitaba permiso. La comunidad queer le ofrece un espejo donde podía verse completo, sin fragmentos.
“Yo creo que la gente que de verdad me ve como una persona no binaria es la gente que me quiere”.
Ser visto y querido son actos equivalentes, dos gestos de validación que el Estado todavía no sabe otorgar, pero que su círculo cercano practica a diario.
Hoy, Sappho está rodeado de una comunidad que lo respalda. De personas que lo reconocen sin pedir explicaciones, que lo acompañan en los procesos y celebran sus conquistas cotidianas.
Piensa que no hace falta ser comprendido por todos para sentirse completo: basta con tener cerca a quienes lo miran con respeto y cariño, a quienes no dudan en pronunciar su nombre con orgullo.
