Reunimos las historias de personas que decidieron hacerse visibles, no solo frente al Estado, sino frente al mundo. Cada relato retrata la vida más allá del trámite: el arte de habitar el propio cuerpo, las luchas íntimas y la cotidianidad de existir fuera del binario.
Son rostros, voces y caminos distintos, pero todos comparten un mismo gesto: el de afirmarse como lo que son en un país que aún no sabe cómo nombrarles.
Pabli Poulain: entre el arte, la paciencia y la esperanza
Cineasta, artista drag y asistente ejecutive bilingüe
Pabli Poulain vive su identidad con una presencia que roza lo escénico e íntimo a la vez. Su mirada, amplia y serena, se dibuja sobre un rostro donde conviven la suavidad de sus facciones y una seguridad que parece venir de lejos, de muchos años de pensarse y afirmarse frente a un mundo que aún se resiste a comprender del todo.
Cineasta, artista drag bajo el nombre de Yume Hime y asistente ejecutive bilingüe, Pabli se mueve con naturalidad entre distintos universos. En ella, el arte, el trabajo y la reflexión política se entrelazan como partes de una misma identidad: sensible, disciplinada y lúcida. Habla con calma, desde una certeza que parece haberle tomado tiempo construir.
Nació en Francia, llegó a nuestro país en los años 90 y desde joven sintió que las categorías de género no lograban abarcar su experiencia. No fue algo repentino, sino una incomodidad que creció con los años, una distancia entre lo que el mundo esperaba y lo que realmente era.
En la adolescencia, cuando aún no existía la palabra “no binarie” en el habla común, lo andrógino era lo más cercano a una explicación. Esa fue su primera manera de habitar lo distinto, un modo de sobrevivir sin nombre. Con el tiempo comprendió que lo suyo no era solo una expresión o un estilo, sino una identidad que no encajaba en los límites tradicionales.

Su tránsito fue pausado pero firme: aprendió que el género no es estático y que puede moverse, transformarse y ampliarse, como todo lo vivo. Así fue encontrando un lenguaje que le representara, hasta llegar a sentirse cómoda en el término “no binarie”, usando pronombres femeninos y neutros.
En sus redes lo reafirma con claridad: “elle/ella”, escribe, y agrega que seguirá insistiendo en que se respeten esos pronombres, aunque el esfuerzo sea diario y a veces agotador. Para Pabli, hacerlo no es solo una demanda personal, sino un acto de amor político “para que en un futuro otras personas no tengan que pasar por lo mismo”.
El impulso para iniciar el trámite del carnet no binario llegó al ver a otras personas que lo habían conseguido antes. Saber que alguien lo había logrado le abrió una posibilidad concreta, un camino que hasta entonces parecía utópico. Contactó a la Clínica Jurídica de la Universidad de Chile, la misma que había acompañado ese proceso pionero, y comenzó a escribir correos, reunir antecedentes y pedir acompañamiento.
Su caso ya supera los dos años y medio de tramitación. Durante ese tiempo ha tenido que adaptarse a los cambios de estudiantes que cada semestre toman las causas, entregar documentos, conseguir testigos —entre ellos su madre y una amiga— y responder a los requerimientos del Registro Civil y del Poder Judicial. En medio del proceso, Carabineros informó erróneamente que tenía causas pendientes, una acusación que resultó falsa pero que detuvo todo durante semanas. Pabli sospecha que no se trata de errores inocentes, sino de una resistencia velada de las instituciones, una manera de desgastar a quienes se atreven a exigir reconocimiento.
En su lucha contra la lógica binaria del Estado se concentran la lentitud, la frustración y la sensación de no existir del todo para las autoridades.

Pabli cree que el no binarismo debió haber estado incluido en la Ley de Identidad de Género desde el principio. Considera que, como tantas otras leyes, se aprobó de manera parcial, dejando fuera realidades que no caben en la comodidad de las categorías tradicionales. Aun así, confía en que cada persona que inicia este trámite contribuye a empujar los límites de lo posible. Si son suficientes, piensa, dejarán de ser casos aislados y se transformarán en un derecho colectivo.
El proceso no ha sido fácil: hay días de avance y días de desánimo. Días en que el silencio del sistema pesa más que cualquier burocracia, pero Pabli no cede y revisa correos, pide actualizaciones e insiste. Ha aprendido a no dejar que la espera la paralice: mientras tanto, trabaja, se maquilla, baila y canta.
En su vida cotidiana, su identidad la manifiesta en gestos simples: explicar pronombres, corregir un trato, poner límites a la curiosidad ajena. Lo hace con paciencia, aunque no siempre: hay días en que prefiere no educar más, en que se reserva la energía para sí misma. Reconoce que las generaciones más jóvenes comprenden mejor lo no binario, mientras que en su generación y las anteriores aún persisten los prejuicios.
Cada día, insiste en algo que parece simple pero no lo es: que se respeten sus pronombres. Sabe que corregir, explicar y repetir puede ser desgastante, pero también entiende que hacerlo hoy puede facilitar el camino para quienes vengan después. Su identidad, dice, es personal, y no debería asumirse solo por la apariencia o la expresión de género. Espera que pronto, más temprano que tarde, exista en Chile un carnet no binario que reconozca a todes sin condiciones ni juicios.

Su relación con lo femenino también fue cambiando. En sus primeros años de exploración, se permitía “mujerearse” solo en espacios de confianza, inspirada por el gesto político de Pedro Lemebel de apropiarse de los insultos para volverlos identidad. Con el tiempo, ese juego se transformó en una afirmación: lo que antes era burla, hoy es orgullo.
Pabli Poulain no busca tolerancia: busca existencia plena, y la ejercerá —con paciencia, con arte, con terquedad— hasta que el sistema la alcance.
El arte drag le ha permitido llevar su exploración creativa a otro plano. Así nació Yume Hime, su personaje escénico: Yume (夢) significa “sueño” y Hime (姫), “princesa”. Desde su nombre, encarna la unión entre lo onírico y lo real, un territorio donde la fantasía se mezcla con la crítica y la emoción.
Yume surgió inicialmente como una figura tarotista, capaz de transformar lo descartado en belleza. Con el tiempo, se convirtió en una princesa de los desechos: una recicladora del brillo y del dolor. A través de ella, Pabli canaliza su humor, su creatividad y su mirada social. En el escenario, el maquillaje y los tacones no son disfraz, sino manifestación: un lenguaje para decir lo que las palabras no alcanzan.
Toda esa energía artística encontró su cauce en Yume, una drag queen enigmática y profundamente simbólica, que habita los sueños y convierte la basura en arte. En su propuesta visual y escénica —vanguardista, emotiva y fuera del molde— conviven la delicadeza, la provocación y la fantasía.
Esa misma libertad la ha llevado a presentarse en espacios icónicos del drag chileno; en 2015 participó en el programa de Mega “The Switch Drag Race” donde interpretó un abanico de canciones desde “Puré de papas” de Cecilia hasta “Hopelessly Devoted To You” de Olivia Newton-John.
Más adelante, cumplió uno de sus más grandes sueños porque en 2023 se convirtió en participante de “Amigas y Rivales: ¿Cuánto factura tu nombre?”. En aquella oportunidad consiguió competir 13 semanas hasta ser finalmente eliminada, pero todas las canciones, coreografías y atuendos valieron la pena. La “princesa soñadora” disfrutó cada minuto del concurso porque admitió que no lo veía como tal, sino como un juego en el que se sintió muy privilegiada por presentarse en los escenarios de la discoteca Fausto —reconocida como la disco LGBTQ+ más antigua de toda Sudamérica—. Desde Hatsune Miku a Amy Winehouse, Yume se transformó para entretener a su público y hasta el contento de su corazón.
“Oye mi vida yo te quiero pedir…” había cantado en televisión hace años y justo después de su paso por el reality —como si lo hubiera manifestado— Yume realizó un cameo en el primer episodio de la miniserie de TVN “Cecilia, La Incomparable” e incluso en esos segundos, se hizo notar. En cada aparición, Yume Hime confirma que su arte no busca solo entretener, sino también emocionar y abrir preguntas.

Su universo personal también está marcado por la ternura y el cuidado. Entre risas, fotos familiares y el ronroneo de sus gatos, Pabli habita un espacio donde el cariño es el centro. Hija mayor de una familia numerosa, mantiene una complicidad profunda con sus dos hermanos y una relación entrañable con sus padres, que han acompañado sus procesos con amor y paciencia. Hace quince años comparte su vida con su pareja, con quien contrajo unión civil en 2018. Juntes han construido un hogar donde reinan la calma y la alegría, acompañades por Benito y Félix, dos gatos que completan la familia.
La pasión de Pabli por la imagen atraviesa todo lo que hace. En la fotografía encuentra un modo de capturar la belleza de la luz que entra por la ventana, los gestos distraídos y los abrazos familiares. Cada encuadre parece buscar detener el tiempo y afirmar la vida. También canta, toca el ukelele y nada —tres rituales que le conectan con la paz, con la ligereza del cuerpo y la música. El teatro también la conmueve y le permite habitar otras voces, como si el escenario fuera una extensión de su introspección.
Entre el arte, la paciencia y la esperanza, Pabli Poulain ha aprendido a hacer del tiempo su aliado. No espera que el reconocimiento legal llegue como un regalo, sino como consecuencia de su persistencia y la de tantas otres. En su modo de estar en el mundo —dulce, firme, atento— hay una ética que atraviesa todo: cuidar de sí, de sus vínculos, de su comunidad.
Su identidad no busca tolerancia, sino plenitud. La ejerce cada día, con delicadeza y terquedad, con maquillaje y silencio, con amor y rigor. Para Pabli, habitar el sueño, como lo hace ella, es también una forma de resistencia: una manera de recordarle al mundo que existir fuera del binario no es una excepción, sino una posibilidad de belleza y libertad.


