Reunimos las historias de personas que decidieron hacerse visibles, no solo frente al Estado, sino frente al mundo. Cada relato retrata la vida más allá del trámite: el arte de habitar el propio cuerpo, las luchas íntimas y la cotidianidad de existir fuera del binario.
Son rostros, voces y caminos distintos, pero todos comparten un mismo gesto: el de afirmarse como lo que son en un país que aún no sabe cómo nombrarles.
Shane Cienfuegos: quiénes fuimos antes de que el Estado nos clasificara
Activista y trabajadore social
Shane Cienfuegos nació en 1993, en un Chile que todavía no sabía cómo nombrar a personas como elle y ha hecho de su vida una práctica política sostenida, pero también una obra de reparación personal y colectiva. Su historia no se levanta desde los márgenes, sino desde la experiencia concreta de habitar la exclusión y transformarla en acción. En ella conviven la rabia, la ternura y el cansancio de quien ha debido enfrentarse a un país que durante años se resistió a reconocer su existencia.
Desde joven entendió que su cuerpo sería leído como una amenaza. En los espacios donde debía aprender, trabajar o simplemente vivir, la diferencia se convertía en motivo de castigo. Aprendió rápido que ser visible era peligroso, pero también necesario. Esa conciencia temprana, forjada entre golpes, burlas y silencios, fue lo que más tarde le llevó a transformar la violencia en acción colectiva.
Para Shane, el activismo no es una bandera, sino una respuesta al dolor. Su militancia nace del hartazgo frente a una violencia estructural que atraviesa cada capa de la sociedad chilena. No se hace activista por alegría, sino por necesidad. Porque hay cuerpos que siguen siendo descartados, negados, invisibilizados. Porque alguien tiene que romper el silencio.
Durante años, trabajó acompañando a personas transadultas mayores, una población históricamente abandonada por el Estado y por las propias comunidades disidentes. En sus relatos encontró el espejo de su propia vida: mujeres trans y travestis que sobrevivieron a la dictadura, a la calle, a la cárcel, a la enfermedad, al olvido. En ellas vio lo que significa la palabra resistencia en su sentido más profundo. Por eso, cuando finalmente decidió rectificar su partida de nacimiento y exigir una cédula no binaria, lo hizo sabiendo que no era solo un gesto individual, sino una continuidad de esas luchas que venían desde antes que naciera.

El proceso fue largo, lleno de burocracias, informes psicológicos, audiencias judiciales y esperas interminables. Aun después de la promulgación de la Ley de Identidad de Género, el Estado seguía sin reconocer otras posibilidades fuera de lo femenino y lo masculino y Shane, junto a un equipo de abogadas de la Universidad de Chile, presentó la demanda. Cuando el fallo llegó, su nombre fue inscrito por primera vez en la historia chilena bajo una nueva categoría: no binario. Fue un triunfo, pero también una herida abierta. Detrás de la alegría estaba el miedo: el miedo a las reacciones, a la persecución, a la soledad que deja ser el primero en algo que el sistema todavía no comprende.
Años después, con el documento en la mano, sigue enfrentando los límites de una estructura que no se adapta. Los sistemas de salud no registran el marcador X, los bancos no actualizan su información, y los trámites se detienen en ventanillas donde las personas funcionarias no saben qué hacer con su existencia. Todo eso, para elle, demuestra que el reconocimiento legal sin transformación social es apenas una promesa incompleta. La ley le dio un nombre, pero no le devolvió el descanso.
Sin embargo, Shane no concibe la rabia sin amor. Ha dedicado su vida a construir espacios donde la memoria se convierte en herramienta política: archivos, colectivos, sindicatos, comunidades que rescatan las historias de quienes quedaron fuera de la narrativa oficial. No lo mueve la producción de libros o documentales, sino el tejido social que se crea entre quienes se organizan para recordar. En esos gestos de archivar, conversar y registrar, se juega su verdadera militancia porque su producto no es material, es humano.
Habla del proceso de obtener la cédula con claridad y sentido crítico. Para elle, la “X” no es una respuesta, sino una pregunta. Una pregunta sobre quiénes fuimos antes de que el Estado nos clasificara, sobre las corporalidades que existieron fuera del binarismo antes de la colonización. En ese sentido, considera que la lucha no binaria es una práctica decolonial: una forma de recuperar aquello que fue borrado por siglos de orden patriarcal y blanco. Su batalla, entonces, no es solo por el reconocimiento, sino por desarmar las estructuras mismas que definen lo que se puede o no ser.
Su discurso mezcla pensamiento político con memoria afectiva porque habla con el mismo cuidado que tiene al nombrar a sus compañeras, especialmente a las travestis mayores que abrieron el camino antes que elles. Las llama hermanas, maestras, raíces vivas. En ellas encuentra una lealtad profunda, el recordatorio constante de que cada paso adelante fue pagado con el cuerpo de otra. Por eso, cuando dice que volvería a pasar por todo, no lo hace desde el heroísmo, sino desde el compromiso con quienes vienen después.
Su activismo, más que una labor, es una forma de habitar el mundo y habla de furia, pero también de ternura; de estrategia política y de amor como herramienta de resistencia. El futuro se construye desde lo pequeño: una conversación, una red de cuidado, un gesto de acompañamiento. Frente a los retrocesos que se avecinan —intentos de derogar leyes, discursos de odio, indiferencia institucional—, Shane apuesta por lo colectivo, por seguir tejiendo comunidad incluso cuando el Estado se desentiende.
De momentos, el tono de su voz se torna melancólico. Dice que sabe que su cédula puede ser la primera, pero también podría ser la última si el país retrocede. Y sin embargo, se mantiene firme, una calma que no es resignación, sino claridad. Sabe que la historia es cíclica, que cada avance despierta resistencias, pero también que nada de lo conquistado desaparece del todo mientras alguien lo recuerde.
En Shane Cienfuegos conviven una persona trabajadora social, intelectual crítica, militante y la cuerpa que ha sobrevivido a todo. Su vida es una pregunta permanente sobre cómo construir justicia cuando la norma misma es la que excluye y en esa pregunta, en su manera de nombrarse y de estar en el mundo, hay una revolución silenciosa, hecha de palabras, de archivos, y sobre todo, de vínculos. Su existencia no busca integrarse al sistema, sino transformarlo desde la raíz.
Y en medio de tanta adversidad, su presencia recuerda algo esencial: que existir, con toda la fragilidad y el coraje que eso implica, sigue siendo un acto profundamente político.
